Usted está aquí: Inicio Creación Creación Literaria el Drag Relato Ganador del XIX Premio de Creación Literaria EL DRAG

><p><span style="font-size: medium"><span><span class="normal">En el XIX Premio de Creaci&#243;n Literaria EL DRAG se otorg&#243; un premio de 600 euros al trabajo <strong>"limba romana" de Mar&#237;a Dolores Granado Castro. <

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El Jurado estuvo formado por Isabel Morales Sánchez (Directora General de Actividades Culturales) y los Profesores Nieves Vázquez Recio, María del Carmen García Tejera y Alberto Romero Ferrer.


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Título del relato: limba română
Nadie presta atención al muchacho que camina descalzo. La tarde cayó hace unos minutos, cuando el sol se ocultó en el horizonte polucionado permitiendo que un leve soplo de viento refresque cada rincón del asentamiento. Oculto en la inmensidad que le rodea, tal vez sólo desde el cielo el vuelo de un ave podría distinguirlo. Más de doscientas chabolas repartidas en un radio de un kilómetro, inmersas en las montañas de hormigón y cristales de la ciudad. Las frágiles viviendas, concebidas para ser meras residencias temporales han acabado por consolidarse sobre la tierra a base de improvisados pilares de cemento; dispuestas en círculo entorno a dos construcciones centrales de ladrillo: la capilla y la sencilla enfermería.
Todo el conjunto, un colorido puzzle de maderas, chapas y lozas desiguales, no es mas que un híbrido entre las dos culturas que conviven en el mismo lugar; la ortodoxa, arraigada desde hace cientos de años y heredera de su propia identidad, y la fe cristiana que les acecha, afianzada por el sacerdote que provee la comida cuando el hambre arrasa el poblado.
Se instalaron en una vieja fábrica abandonada, un lugar que por un tiempo también sirvió de vertedero clandestino; en ese tipo de lugar que, sin consideraciones previas, algún grupo humano elige para depositar sus desechos. Se mantienen apartados del resto por la deforme alambrada, un símbolo más que un método efectivo de separación, conservada tal vez para que nadie entre.
 
Quizás para que sólo salgan algunos.
 
Nadie recuerda cuando llegaron en realidad, puede que ya no quede ninguno de aquellos primigenios habitantes. Poco a poco se les fueron añadiendo compatriotas llegados de toda España hasta llegar al medio millar, en un ir y venir continuo. Desde entonces es fácil verlos en los semáforos de la ciudad, vendiendo periódicos, limpiando cristales y mendigando a las puertas de los supermercados.
 
El chico es demasiado bajo para su edad, fibroso y ágil como un gato. Oculto en la aparente cotidianidad de sus actos, pasa entre su gente sin que nadie le preste atención. Escondido en el pantalón lleva su trofeo. La llave para salir de allí. No es aún capaz de distinguir del todo el bien del mal, quizás por eso duda levemente antes de atravesar la entrada de la chabola.
 
“¡Ion!” Cuando la mujer de pelo recogido atraviesa los metros que los separan deja de dudar. Vestida con un brillante traje negro le habla en su propio idioma. “¿lo has logrado, verdad?”
 
El muchacho toca con la punta de sus dedos aquello que porta. Justo en el momento de extraerlo vuelve a dudar, cuando su mirada descubre al hombre que se oculta en el fondo oscuro de la única habitación.
 
La barba negra le ha crecido en los últimos meses; la barba y el rizado pelo. Aunque es común en su raza, nunca antes había visto unos ojos tan profundamente transparente como los que le contemplan ansiosos. Retrocede, un único paso de espaldas a la salida. Más por duda que por miedo.
 
Todo le parece sereno cuando ella le habla, cuando ella le toma las manos y le susurra en su idioma materno. Pero él es distinto, aún cuando casi no le dirige la palabra cree distinguir un retazo de crueldad en sus ojos incoloros. Unos iris que ahora más que nunca destacan en el rostro curtido por el sol.
 
Consciente de lo que inspira en el asustado niño, el hombre se aleja para dejar que sea su mujer la que de nuevo acabe convenciendo a aquel crío.
 
“Dame” La mano de ella acompaña sus palabras en un suave roce sobre su mejilla. Un gesto lo suficientemente persuasivo para que el muchacho extraiga lo que oculta entre las ropas.
 
Poco a poco acaba por sacar el caro billetero. Con la mano extendida, su mirada alterna entre el trozo de piel curtida y la mujer parada ante él.
 
Cogido por sorpresa, casi no siente los pasos que se acercan arrebatándole el tesoro que tanto le ha constado lograr, aquel que le permitiría conseguir de nuevo a la hermosa doncella. Totalmente enojado se enfrenta furioso al hombre que ahora estudia con detenimiento el interior abultado de la cartera.
 
“¡Devuélvemelo!” El orgulloso niño rabia de impotencia cuando su cuerpo es bruscamente detenido con una única mano que lo sujeta por el cuello “¡Perro!” intenta chilla con un hilo de voz.
 
“No debiste enseñar a hablar a este salvaje, Mihaela” Con el acento de los habitantes del norte, el hombre acaba la frase con una jocosa risa que enfurece aún mas al chico; inútilmente el muchacho se agita bajo su brazo intentando recuperar el billetero. “Aparta si no quieres que te parta la cabeza”. Gruñe mientras le suelta.
 
Mihaela se interpone entre ambos, evitando que en el último instante toda la fuerza del hombre caiga sobre la espalda del muchacho que se aleja. Embarazada de ocho meses, sola en un país extraño y con apenas veinticinco años, debe dividir su alma entre el hombre que ahora la protege y su propio hijo de nueve. Visiblemente enfurecido por el involuntario golpe que le ha dado a la mujer sobre el pecho, Vasile guarda la cartera entre sus ropas para atrapar de nuevo al niño en un poderoso abrazo que hace que se levante del suelo.
 
“¡Pesa bastante!” Habla mientras le amordaza la boca con la palma de su mano derecha “Quizás no deberías gastar tanto en alimentar a este inútil”. 
 
“No le hagas daño, no es mas que un niño” 
 
Con los pies a treinta centímetros del suelo, Ion se agita como un pez en brazos de su agresor. Un minuto, hasta que consigue abrir la boca lo bastante para morder la mano que le amordaza. La punzada de súbito dolor ha alcanzado para que Vasile libere su presa, lo suficiente para que el muchacho caiga al suelo de cuclillas, apartándose mientras rueda sobre sí mismo en un rápido movimiento que el hombre casi no acierta a ver.
 
Agachado a un par de metros, la mirada agresiva del niño detiene al hombre unos segundos antes de dirigirse hacia él. El muchacho porta un pequeño cuchillo entre sus manos, la hoja oxidada de una navaja.
 
“¡Vete de aquí si no quieres que te rompa todos los huesos!”
 
Como una serpiente, el niño se deja caer para atravesar la pared bajo un leve hueco que queda en el suelo, su propia gatera. Rápidamente arrepentido del impulso de dejarlo ir, el hombre intenta inútilmente atrapar el pie del muchacho en el último instante, antes de que desaparezca para siempre de su vida.
 
“Ese niño es un problema, Mihaela” Molesto por su inútil esfuerzo se gira para contemplar la cara preocupada de la mujer. “Y pretendías que lo lleváramos con nosotros…”
 
Las palabras del hombre le arañan el alma. Quiere olvidar lo que está a punto de hacer, lo que su naturaleza y sus genes le gritan que no haga; pero las punzadas de dolor en su espalda, golpeada por el frío y los brazos de los hombres que la disfrutaron, le hacen temblar. Eso, y el movimiento del hijo no nato en el vientre. Sueña con que aún no sea tarde para él.
 
Teme al hombre que tiene ante ella, con un miedo profundo y racional; conoce lo que es capaz de hacer; pero, no sabe como, ha conseguido entrar en su duro corazón; el siente algo por ella, es capaz de verlo, aunque a retazos, en su fría mirada, y le constará arrancarla de allí.
 
Es consciente de la inutilidad de sus ruegos, pero no puede evitar intentarlo por enésima vez.
 
“… pero no es mas que un niño, es fuerte y prometo que no volverá a portarse mal…”
 
Aun antes de que la última palabra salga de sus labios el hombre abandona la casucha sin apenas despedirse, como si en la habitación no dejara más que a un perro aullando.
 
“Prepáralo todo. Nos iremos antes de que descubran el robo”
 
La salida del hombre es observada, contemplada con rencor por los ojos del niño. Acostado sobre el suelo, mirando a través de las rendijas que dejan la acumulación de tablas que forman la chabola, Ion aprieta entre sus puños la tierra húmeda, furioso, celoso y temeroso.
*
 
No fue fácil cometer su delito. Finalmente, el temor por lo que le pudiera pasar a su madre si el no obedecía a Vasile pesó mas que su propia integridad.
Entrar rápido, tropezar con el grueso hombre de la chaqueta gris y sus manos, finas y ágiles, harían todo el trabajo.
No se arrepiente de su decisión, aunque la mirada que ahora ve en los ojos del viejo sacerdote sea difícil de olvidar.
De pie, con las manos cruzadas a su espalda, se mantiene erguido frente al hombre, mientras los dos policías les observan sentados a su alrededor.
Como un gato enjaulado, el cura camina en círculos dividiéndose entre el orgullo y la tristeza que le han causado las palabras del niño. Le conoce desde que apenas caminaba. En lo que tarda en dar dos pasos recuerda la primera vez que vio a su madre, otra nueva princesa en un bar de carreteras, libre tras una redada.
Libre momentáneamente, lo justo para elegir la esquina donde esperar cada día hasta que, de nuevo, alguien la encontrara. Una bonita barbi de saldo.
El sacerdote, le observa. Llevando su mano derecha hacia la barbilla en un gesto cansino reconoce los ojos enormes de su madre en la bronceada cara del niño. Sonríe, sin saber el motivo, mientras le contempla. El le enseñó a hablar español, a leer y le mostró el camino hacia su dios.  Finalmente se detiene para enfrentarse al chiquillo.
 
“Gracias por hablar” El silencio en el interior de la parroquia es absoluto, roto tan solo por el leve crepitar de las velas sobre el altar. “Has cometido un enorme error, hijo mío, Has robado a nuestro mayor cooperante, a una de las pocas personas que os ayuda. Pero tu confesión te honra”.
 
Aunque comprende perfectamente el castellano, no entiende muy bien las palabras del hombre, ¿cooperante?, ¿honra? No es lealtad lo que le ha llevado a la confesión, sólo el miedo y la soledad. Abandonado desde hace días por la que era su única familiar ha vagado por el poblado hasta tropezar con los ojos de este hombre que ahora le mira de frente. No cree que sea un santo, no es la mejor de las personas, ni siquiera piensa en él como un buen hombre, pero su posición está por encima del resto de los habitantes del asentamiento y cree que es el único que se haría cargo de un niño abandonado como él.
 
*
 
El muchacho siente que todos le miran, nota como murmuran cuando se creen lejos de su presencia; incluso a veces, sin disimulo, se atreven a susurrar delante mismo de él. Acostumbrado al silencio que se auto impuso después de cometer su delito, casi no ha hablado, involuntariamente les ha hecho pensar que no les entiende, que no habla su lengua; tal vez por eso no se molestan en ocultar su desprecio cuando hablan de él. Asombrado, no acierta a ver las diferencias, no con la mayoría ellos, y sin embrago se muestran superiores, le miran altivos, creyéndose mejores.
 
Escondido en el exterior junto a la ventana abierta de la enorme cocina de la casa de acogida, las oye hablar. Distingue a la mujer joven, la llaman Ana, esa que le suele guardar el trozo de pan más crujiente, la que le obsequia fruta fresca y huevos cocidos. La misma que se empeña en que calce los inútiles zapatos cerrados de niño. Observando sus sucios pies, recuerda el dolor en talones y dedos tras soportarlos durante dos horas seguidas. Ahora los lleva colgados en su cinturón, pendiendo de sus propios cordones. Ha optado por llevarlos siempre a mano para calzarlos, si fuera necesario, antes de cruzarse con la mujer. No parece mala, aunque algo áspera en el trato, la mayoría de las veces acaba su frase con una ligera sonrisa, y la promesa de que todo irá bien.
 
No está allí para espiar, agachado bajo el alfeizar solo espera una oportunidad para entrar en la cocina desierta y tomar algo del delicioso pan dulce que hay en la estantería. Nunca antes probó algo tan exquisito, tierno en el paladar, delicioso mojado en leche, y aunque cree jugarse la vida en cada incursión, vuelve a intentarlo una y otra vez, burlando la vigilancia de la cocinera.
 
Piensa que si tal vez se lo pidiera al sacerdote no tendría que robarlo, el ha dicho a su gente que deben tratarlo con respeto, pero es más divertido de esta forma. Hay tanto tiempo libre para él en este lugar. Sin tener que limpiar cristales, hurga en la basura o pedir en las puertas de los supermercados. Sin necesidad de caminar kilómetros para volver a casa.
 
Una jaula de oro.
 
Un lugar en el que sólo hay niños que se le acercan para arrojarle piedras o gritarle un “aparta rumano”.
 
No le importa, orgulloso e independiente, no necesita de nadie para jugar, sólo él, su pequeña pelota desinflada, un puñado de canicas y la inseparable navaja oxidada.
 
“No huele bien, Ana” La cocinera es una mujer baja, gorda, de rostro redondo y nariz chata, no diría que fea, sólo corriente. De una edad indefinida, ni joven, ni anciana. “Ese chiquillo huele diferente a nosotros, no se como el cura puede llevarlo a su lado continuamente…”
 
“No es mas que un niño, y te aseguro que está limpio, puede que mas que alguno de los nuestros” 
 
“¡Gitano!” Murmura la cocinera mientras en un gesto exagerado arruga la pequeña nariz.
 
Sorprendido, Ion huele su propio brazo de forma involuntaria cuando descubre que es él de quien hablan. Acerca la nariz a la camisa, arrastrándola a través de todo la longitud de su brazo intenta comprender de lo que habla la cocinera. Pero su joven olfato sólo detecta jabón, algodón trenzado y suavizante reseco, el olor de la lavandería.
 
“Igual es por la comida que le das…” La risa de Ana no hace que el niño se sienta mejor.
 
Algo abochornado abandona el escondite para dirigirse al río. Si es necesario se lavará el cuerpo dos o tres veces al día, piensa mientras camina con la cabeza gacha, intentando retener en sus fosas nasales el aroma que desprende. Un olor que es ahora totalmente diferente al de su origen, de hogueras nocturnas y carne salada, de budín de trigo hervido y aguardiente de orujo. Un aroma especial, heredado de ese espacio urbano fronterizo entre Oriente y Occidente, ese que casi empieza a no lograr recordar.
 
 
*
 
 
Llegó hace horas, herido en el alma, de nuevo solitario. Se quedó tumbado, triste, silencioso, demasiado abatido para pensar. No ha llorado, hace meses que no se permite esa señal de debilidad, desde el día en el que el hombre de ojos transparentes entrara es su vida y la de su madre. Un hombre que les dio un techo propio, el descanso a su madre y comida cada noche. El día en que comenzó el confort de su estómago y el dolor de sus huesos y su espíritu.
 
No ha llorado, pero las lágrimas que no llegan a abandonar sus ojos le producen un enorme picor, haciendo que se frote con el revés de la mano hasta hacerlos enrojecer. Ni siquiera en esos momentos una palabra sale de sus labios sellados, aunque es consciente de que nadie puede oírlo, de que nadie puede verlo.
 
Acostado sobre el húmedo barro parece despertar de un letargo. Debe lavar su cuerpo, su cabello y sus ropas. Inconscientemente sueña con que la corriente arrastre también este nuevo mundo que le rodea.
 
El niño se ha levantado y camina en silencio hasta hundir sus pies en el lecho arenoso. Vestido como un niño español, con las rudas botas colgando del cinto, camina hacia el interior del río. Alza la vista al frente, hacia la selva de edificios, dejando a sus espaldas la construcción que ahora le sirve de hogar. Avanza, poco a poco, hasta que el agua le acaricia el vientre, hasta que sus pies empiezan a no ser anclas suficientemente poderosas; camina, con la vista fija en sol de media tarde reflejado sobre la superficie del líquido.
 
Está a metros de la orilla, aunque la distancia con el otro lado no parece haberse acortado. Es entonces cuando decide dejar de vadearlo a pie, sumergiéndose de cabeza. No hay razón para cruzar un río que por momento aumenta su torrente, no tiene motivos para llegar a la otra orilla.
 
Pero nada.
 
Nada, para combatir contra el agua, para escapar a ninguna parte, para golpear sus frustraciones.
 
Bracea para agotarse, hasta que debe hacerlo para luchar por su vida, cuando la corriente empieza a ganar la injusta batalla, arrastrándolo hacia la bocana.
 
En un supremo esfuerzo alcanza el otro margen. Tose, con el cuerpo magullado y el estómago lleno, como si se hubiera bebido toda el agua del mundo.
 
Agotado, cansado, embarrado en lodo; aún, creyéndose más limpio que nunca.
 
Con el cuerpo enfrentado al cálido viento de junio siente el frío del agua sobre la piel, el peso de sus ropas húmedas, la carga de sus zapatos repletos de de líquido suspendidos en la cintura. Vuelve a caminar, hasta que la tierra seca apelmaza sus piernas mojadas, hasta que el calor del suelo abrasa las palmas de sus pies haciendo que gatee para evitar el contacto. Se detiene. Observa.
 
Hincado de rodillas bajo la inmensidad del mundo que aparece ante él puede aclarar su mente y empezar a pensar.
 
Mañana acabará su silencio.
 
Puede que entonces tenga algo que decir.

 

 

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