Usted está aquí: Inicio Creación Creación Literaria el Drag Relato Ganador del XVIII Premio de Creación Literaria EL DRAG

 

Salvador Jesús Tamayo Chica ha resultado ganador del XVIII Premio de Creación Literaria EL DRAG con la obra titulada "Mandarinas mutates asesinas" que se falló el pasado 16 de diciembre de 2008 en Cádiz por un jurado formado por los profesores García Tejera, Romero Ferrer, Vázquez Recio y Morales Sánchez.

 

El ganador obtiene un premio de 600 Euros.

 

><p><span style="font-size: medium"><span style=""><span class="normal">_Mandarinas Mutantes Asesinas_ <br

>(41 besos)
>_Salvador J. Tamayo_<span>

 


><span class="normal">Desde hace alg&#250;n tiempo uso para escribir mis historias una m&#225;quina de escribir fundida en los setenta con m&#225;s de un mill&#243;n de palabras a sus espaldas. El papel es una parte importante del proceso, no recuerdo la &#250;ltima vez que us&#233; uno de esos est&#250;pidos folios cortados, tan lejanos el uno del otro, propensos a ser enjaulados en dos pastas de cart&#243;n en ocasiones encuadernadas con piel de indio muerto. Un tipo que conoc&#237; en &#193;msterdam me env&#237;a cada dos meses un par de rollos de papel de teletipo que consigue a buen precio en una imprenta cerca del barrio rojo, a cambio, cuando viene a Espa&#241;a, bueno, digamos que le facilito cosas que no se compran en mercado legal. En el fondo podr&#237;a conseguirlas &#233;l mismo ya que no es complicado, pero creo que le hace sentir bien ser mi mecenas a peque&#241;a escala. El t&#237;o contento con sus dos semanas al a&#241;o de &#233;xtasis y yo encantado con tener cada dos meses unos cuantos rollos de celulosa pura dispuesta a ser violada.<span>

 

 

Corría 1996 y estaba muy colocado, el humo del Coffee Shop apenas me dejaba distinguir la cara de Anna, la chica con la que me dejaba ver por aquel entonces. Decidí salir a tomar un poco el aire, llevaba bajo el brazo la copia manuscrita de mi primera novela: “_Mandarinas Mutantes Asesinas_” había trabajado mucho en ella y… puede que nunca fuera a ganar el Nobel, pero era buena, era jodidamente buena. Digo era porque dando tumbos fuí a parar a la barandilla del río Amstel, y también dando tumbos agarré el borde en cuestión para no caerme con tan mala suerte que las doscientas once páginas salieron disparadas por los aires -ojalá me hubiese caído- del tocho de folios sólo pude recuperar unas treinta. Mientras maldecía gritando y golpeando todo lo que pillaba a mano, a unos diez metros de mí –o a cuatro mil besos como descubriría más tarde –reparé en un hombre bastante viejo que no paraba de escupir humo de un cigarrillo que le colgaba como un apéndice del labio, barbas sucias y mirada de hurón asesino, a la misma altura, un poco más a la izquierda una brillante argolla en la oreja en la que podía ver reflejada mi estupidez.-Tío, pareces nuevo. Conozco una forma en la que no te hubiese pasado nunca eso y ahora podrías hacerte una paja sobre esa mierda que has escrito.
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Lo que me faltaba ¿Quién coño se había creído que era ese vagabundo para hablarme de aquella forma?
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-Vete a la mierda cretino, no es un buen momento ¿sabes?- Bueno en realidad fue algo así como: “Fuck you idiot! I don´t need your stupids advices now!”, tengo que reconocer que mi inglés era de pena pero el tipo captó la idea. Sus carcajadas rompían con la noche de Ámsterdam, a esa orilla del río Amstel sólo se oían un par de sirenas de policías y el gemido de unas cuantas prostitutas que soñaban con ser princesas tras las cortinas rojas de un escaparate, estábamos a unos sesenta y nueve mil besos del barrio rojo.
>Sent&#237;a curiosidad, ya que si alguna vez volv&#237;a a cometer la locura de encerrarme en un cuchitril mohoso durante varios meses aporreando la olivetti de mi padre, no me gustar&#237;a que el resultado de tres porros echase a perder de nuevo todo el trabajo.<br> 

Me tragué el orgullo y me dispuse a hablar con aquel tipo con pinta de yonki.
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- A ver, ¿Cómo hubiese evitado usted esto?
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- ¿El qué, que tu estúpido libro esté flotando por el Amstel?
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-Da igual, sólo quieres reírte de mí y supongo que me lo merezco.
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-Mira chico, una vez en San Francisco allá por finales de los cincuenta, conocí a un tipo que me recuerda mucho a ti, el tío escribía en papel de rollo y luego cuando acababa sus historias las enrollaba y se las metía en el puto bolsillo de la chaqueta, la única vez que se deshizo de ellas fue cuándo le pegaron un tiro, en el almacén del viejo Fisherman, buenos tiempos, lo que quiero decir es que no iba aventando lo que más le importaba como un puto abanico igual que un nuevo rico hace con un fajo de billetes. Te lo mereces por idiota. Más tarde descubrí que el tipo del papel de rollo era Jack Kerouac, o eso es lo que decía el vagamundo del puente del Amstel, aunque nunca le creí del todo, hice bien, supongo.
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A partir de ese momento llegué a un trato con Brian Zemal -así se llama el vagamundo en cuestión-, y cada dos meses de forma puntual un mensajero llama a mi puerta con una caja procedente de Ámsterdam en cuyo interior vienen los rollos de papel y una foto de Brian, con casi setenta años a sus espaldas enseñándome el culo.
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Cuando llega el chico de mrW me siento como si estuviese en coma, en proceso de ser un punto suspensivo y el tipo que trae la caja fuera a darme la extremaunción, eso es bueno, supongo.Brian siempre decía que Jack Kerouac escribió “On the Road” en papel de teletipo porque no quería perder ni un segundo de su momento de inspiración en cambiar el papel de la máquina. “Nunca sabes cuando las musas van a venir a hacerte la mamada, así que es mejor que la aproveches sin tener que andar cambiando de hoja”, solía decir el beatnik. Con el papel continuo las palabras fluían libres, sin tener que ponerse a mear sobre el puto test del ácido.
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En mi caso la razón es otra, en primer lugar evitar en un futuro la desgracia que supuso que mi novela se ahogase en el Amstel sin que pudiese hacer nada ya que ninguno de los dos –ni ella, ni yo- éramos grandes nadadores, y en segundo lugar, me apetecía crear una forma nueva de medir las historias, los orgasmos en forma de palabras no deben contabilizarse en páginas, es una manía que adquirí hace algunos años, no puedo evitarlo. De ese modo mis relatos cortos dejaron de tener diez o quince páginas para comenzar a medir seis metros… más o menos. Por lo que un microrrelato jamás sería más largo que la polla de Rocco Sifredi y un poema pasó a ocupar en extensión tres besos.
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En cuanto a los besos, he de aclarar que un beso –según los labios más increíbles que he probado- equivale a cuatro cm. Si llevamos a cabo nuestra particular revolución en la forma de medir las distancias sería todo más bonito, más humano quizás.
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La literatura debería tener la oportunidad de medirse del mismo modo que medimos la distancia entre dos personas, dos lugares… o dos bocas.
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-Estas patatas están cojonudas tío, aunque no me fío del rey que aparece en el paquete-. Se refería a la mascota de la marca de patatas fritas. Brian Zemal estaba de visita cobrándose su envío anual de rollo de papel. Había llegado hacía dos días aunque llevaba viajando cerca de un mes.
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-¿A qué viene eso?
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-Yo que cojones sé, ya me conoces estoy divagando, sólo digo que no me fío de ellos.
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-Lo dices porque siempre te gano al ajedrez ¿no es cierto? Si fuesen todos peones el mundo estaría regido por un puñado de vagos anarquistas.
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-Pues mira, Kafka, este viejo anarquista cómo tu lo llamas tiene una historia que igual puedes usar para escribir lo que coño sea que escribas en mis rollos. Verás lo vi cerca de Marsella, era un árbol enorme tío, un naranjo que bien podría haber dado mandarinas gigantes, mutantes diría yo -Cuándo oí aquello di un respingo, levanté los ojos de la máquina de escribir y le miré como si un Tyranosaurio Rex con SIDA me estuviera revelando el sentido de la vida- Hubiese pasado de largo de no ser porque en sus ramas había cientos de libros colgados atados con cuerdas. Increíble ¿no? Lo cierto es que tampoco eran libros… yo que coño sé, estaría colocado supongo.Espera un momento, si no quieres que te meta en un asilo cuéntame bien lo que viste- Esa historia estaba empezando a inquietarme pero no la creía del todo, si era una broma pesada iba a partirle la cara a ese memo.
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-Pues mira, en Marsella, había un naranjo que…
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-No te repitas capullo, no tengo todo el día.
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-Te decía que al acercarme al árbol que sobresalía de la tierra estéril, como una polla gigante de madera empalmada en mitad de ninguna parte, pude ver cientos de lo que parecían libros allí colgando, todos tan perfectos y tan quietecitos que se confundían con hojas, lo más gracioso es que realmente el primer libro que hay es el que yo colgué, atado con los cordones de mis botas, el resto eran manuscritos con anillas, grapas y cosas así, dudo que ninguno haya sido publicado nunca. Por cierto también había unos cuantos rollos, por lo visto no eres el único en el mundo que tiene esta manía. Si te acercas se pueden distinguir categorías, no sé, me refiero a que no todos estaban en buen estado, es más, pocos eran los que estaban en buen estado. Algunos estaban algo quemados, otros goteaban…
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-¿Goteaban? Espera, ¿qué quieres decir con eso de “que goteaban”?
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-Joder tío que goteaban, cómo éste, no se quién será el capullo que le pondría a su libro “Mandarinas Mutantes Asesinas” pero seguro que es un cretino… aunque el manuscrito es bueno, lo leí camino a verte- Brian sacó de su mochilla un puñado de hojas que me eran familiar, en la portada escrito a máquina podía leerse: “Mandarinas Mutantes Asesinas, Cádiz 1993-Amsterdam 1996, Manuel Carrillo. Era mi novela, la misma que se había ahogado en el Amstel hace más de diez años.
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-¿Te gusta el regalito? no se por qué, sabía que te gustaría, Qué coincidencia ¿no? El pavo que la vomitó se llama igual que tú- Brian me guiñó un ojo mientras reía tragando humo de su porro de hachís.Estaba totalmente impactado, quería llorar, morirme, preguntarle todo sobre ese sitio pero antes, me lo debía a mí mismo, me puse a hojear mi novela, aquella que había escrito con veintidós años y que era más buena de lo que recordaba. Había intentado reescribirla mil veces pero… lo dejé por imposible.
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¿Cómo había llegado hasta allí? Mientras la leía caí en la cuenta de que faltaban páginas, faltaban las treinta páginas que conseguí recuperar aquella noche. El resto… bueno costaba comprender lo que decía ya que la tinta estaba prácticamente corrida por el chapuzón. No faltaba nada, allí estaba diez años después reencontrándome conmigo mismo, con un trocito de mi pasado que creía olvidado y que en mi cerebro andaba oxidado luchando por salir a la luz.
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Sin duda, era mi novela. En la página seis, perdón, me refiero a que a cuarenta y dos besos del comienzo estaba la marca de carmín rojo de los labios de Anna, tan perfectos, tan apetecibles, con sus cuatro cm, los jodidos cuatro cm que condicionarían el resto de mi vida literaria. A trescientos trece besos la marca de un cigarrillo en el extremo superior derecho de la hoja. A quinientos nueve besos, la página completamente manchada de café que se le cayó “sin querer” a un idiota de una editorial catalana que pareció interesado en la idea, en fin, ese puñado de hojas en las que parecía que Dios acababa de sonarse los mocos, había pasado el control de calidad.-Bueno chico, dame las gracias por lo menos ¿no?- Daba la impresión que a Brian se la sudaba todo un poco, pero sé que en el fondo estaba flipando como yo.
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-Muchas gracias… ¿Qué más puedes contarme de ese lugar?
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-Pues no mucho, sólo que llegué en un coche robado con unos tipos que conocí en La Batarelle, al norte de Marsella y que al poco tiempo les pedí que me dejaran bajar porque desde la carretera me llamó la atención el árbol ese del que te hablé antes, y bueno, estaba en mitad de la nada, a unos doscientos metros de la carretera por la que íbamos. Junto al árbol sólo encontré una casa en ruinas, dentro no había nada, condones por el suelo, las paredes llenas de pintadas y jeringuillas y papelas. En cuanto al tema de los libros, no sé, no me sentía con derecho a coger ninguno, si estaban allí sería por alguna razón, al principio dudé y decidí llevarme unos cuantos para entretenerme en lo que me quedaba de viaje pero, finalmente vi el tuyo rodeado curiosamente entre unos quince rollos y lo bajé a palos- El cabrón era tan delicado como siempre.-Y ¿Se puede saber qué libro colgaste?
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-mmm… Orgullo y Prejuicio, creo.
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-Joder tío vas a ir al infierno- En el fondo tenía su gracia el capullo.
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-Sí, lo sé, pero qué más da, además creo que el infierno era el naranjo de las narices, o al menos parte de él, es como si fuese el lugar dónde van los libros cuándo mueren, como el limbo, porque realmente no llegan a ver la luz nunca ¿no? igual que los críos que palman antes de bautizarse o algo así.
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-Vaya, pareces uno de esos viejos de comunión diaria.
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-¡Bah! No me lo tomes en cuenta, sólo que una vez estuve liado con una prostituta parisina en Bérgamo que decía que su madre era monja, y debía serlo porque aprendí muchas mierdas de este estilo con ella. Era extraño, pero me gustaba, supongo.-No se por qué no me sorprende en absoluto. Y mi libro según tú en que parte estaba, ¿infierno, cielo o purgatorio?
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-Pues creo que tu libro estaba en la parte de los que no les ha llegado aún la hora. Sólo necesitas saber eso. Y deja de pensar en lo que estás pensando porque nunca te diré dónde está el naranjo. Déjalo estar.
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-Mmm ¿y éste misterio de repente? podría inducirme a pensar que toda ésta historia del naranjo no es más que una mentira- Me sorprendió esa ración de profilaxis por su parte.
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-Piensa lo que quieras tío, sólo te digo que hasta hace una hora creías que a tu libro se lo habían comido los peces y ahora se te ha puesto durísima cuándo has visto la novela después de doce años. Tómatelo como que los astros le han dado una oportunidad.
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-Y decías que estaba rodeada de papel de rollo… por casualidad no serán míos ¿no?
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-¿Hechas en falta alguna cosa últimamente?
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-No.
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-Pues entonces no tienen por qué ser tuyos, algo no puede ir al cielo si aún no ha muerto, ni tampoco morir si aún no ha nacido. La puta parisina, decía que su madre siempre le hablaba sobre algo: “Dios castiga la pereza y da siempre una segunda oportunidad a los que se lo merecen”. La experiencia me ha dicho que cuando la vida te da algo, no preguntes tío, tómalo, exprímelo y agradécelo todo lo que puedas.
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Me levante muy cabreado y fuí a la cocina a hacerme un café para relajarme un poco, desde allí podía oír a Brian en el salón vociferando la canción de un anuncio de galletas a coro con el león del comercial que destelleaba la tele. El tiempo que estuve bebiéndome el café lo pasé observando el manuscrito a ver si entre sus páginas descubría alguna pista sobre la ubicación del naranjo o sobre cómo llegó el libro hasta allí. Mi apartamento está situado en el paseo marítimo de Cádiz a ocho mil besos de altura del suelo, el mar distaba siete mil besos de la puerta principal del edificio y el manuscrito de Mandarinas Mutantes Asesinas descansaba desde hacía diez segundos a cinco besos de la ventana, ventana que separaba un pliegue del universo en forma de naranjo del que colgaban almas con cientos de palabras tatuadas del más absoluto olvido.
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Brian entró en la cocina buscando una cerveza con la que quitarse el sabor a porros y putas de la boca con tanto ímpetu que quitó el tope del suelo que evitaba que la puerta se cerrase bruscamente. Sin tope que lo impidiese, la puerta se cerró de golpe generando una corriente de aire que deslizó el manuscrito hacía el borde de la ventana. El incidente podría haber quedado ahí, en una segunda broma del destino, en la segunda parte de una apestosa comedia americana elevada a la categoría de putada cósmica, pero no, con la cara descompuesta y sin poder reaccionar Brian y yo vimos como el puñado de páginas saltó al vacío como si tuvieran vida propia. Se había suicidado. No había otra explicación, la muy hija de puta se había suicidado. Esa tarde en Cádiz llovían los pedazos de la primera novela suicida de la historia.Me preguntaba si el naranjo le daría una segunda oportunidad, no se la merecía, aunque quizás ese fuese realmente el lugar de los suicidas, el árbol de los sueños mojados, empapados por gotitas de ambrosía esperando a ser devorados por algún Dios hambriento.
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Ya sin ganas terminé de beberme el café, mientras, en la calle un grupo de críos se divertían despedazando y quemando lo que hace unos diez años había sido el reflejo de mí mismo. Tenemos lo que nos merecemos… supongo.
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