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Relato Ganador del XVI Premio de Creación Literaria EL DRAG


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Un jurado formado por los Profesores Cándido Martín Fernández, Nieves Vázquez Recio, Marieta Cantos Casenave y Alberto Romero Ferrer decidió el pasado treinta y uno de enero de 2007 conceder un premio único de 600 Euros al relato "Mi Paco" presentado por Aurora Estévez Ballester.

 

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Mi Paco
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><br> “Qué manera de llover, como no había visto en años. O por lo menos, no lo recuerdo. Son demasiados años ya. Demasiados años para caminar lloviendo, de noche, cruzando el Chino sobre estos puñeteros tacones que se van metiendo por cada boquetito de las aceras, por cada ranurita entre losa y losa. En realidad demasiados años para caminar sobre estos malditos tacones sea la hora que sea. Pero qué se le va a hacer. No me ha dado tiempo a cambiarme en el camerino, y con lo pequeño que es el paraguas que me ha dejado el holandés, la boa llegará chorreando, que era ya lo que le faltaba. El camerino, tiene gracia. Un cuartucho asqueroso que tenemos que limpiar nosotras, con un espejo desazogado y bombillitas alrededor. Menos mal que sólo somos tres.

 

Aunque cuando la Mariana se deja la bata de cola, casi no entramos. Y el ventanuco, con el cristal roto desde hace siglos, y el Holandés sin querer ponerlo. Menos mal que por lo menos no se concentra el olor de la mierda que fuma la Angelines antes de salir a escena a trompicones, para recitar poesías que nadie entiende ni a nadie interesan. No sé cómo el holandés no la ha largado ya, si lo que único que hace es dar problemas, como el día aquél que se puso a insultar a un tipo que estaba riendo mientras ella balbuceaba versos, y para colmo le vomitó encima. Si el holandés no llega a tener la labia que tiene para convencer, hasta nos podrían haber cerrado el local. No sé por qué la protege tanto. Lo mismo es una hija secreta, porque el holandés no es muy oenegé que digamos.
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Menudos charcos, me llega el agua hasta los tobillos. Mi Paco quería venir a recogerme para que no fuera sola, pero tan tarde no me gusta hacerlo salir, sobre todo con lo pachucho que estaba hoy. Mi pobre Paco. Por suerte, cualquier cosa que me ocurra se me pasa en cuanto llego a casa y lo veo. Entro, y allí está él, mi Paco, sentado frente a la tele, dormitando mientras me espera para cenar, aunque sean las tres de la mañana. Sé que exagero, pero a veces me parece que no hay en el mundo un hombre tan bueno como mi Paco. Me ayuda mucho en la casa, aunque casi no le sirva la mano derecha. Las máquinas, siempre las máquinas. Por su culpa casi la pierde en la fábrica asquerosa en la que estaba. Por lo menos le dieron la inutilidad esa o como se llame, y tiene su pensioncita. Qué lástima me daba cuando lo veía llorar por eso, porque era muy joven para no poder currar. Y yo, intentando consolarle como podía, le decía que no era tan grave, que la mano por lo menos la conservaba, como ese que escribió el Quijote, Cervantes, que me había enterado hacía poco de que no era manco, sino que tenía lo mismo que él. Lo que se reía mi pobre Paco con mis tonterías.
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Ya falta menos. Estoy deseando llegar, aunque la noche de hoy ha sido maravillosa. Bueno, también triste, pero hermosa a la vez. La despedida ha sido emocionante, con la Angelines agarrada a mí sin querer soltarme. Hombre, estaba fumada, pero la chiquilla creo que me quiere de verdad. Tengo que contárselo todo a mi Paco, que ni siquiera sabe que he dejado el cafetín para siempre. Tenía que haberlo consultado antes con él, o por lo menos comentarle la intención, pero como anda deprimidillo el pobre, no quería que pensara que lo dejo para cuidarle. En parte sí, pero es que también el cansancio ya me puede. Son muchos años, veinte o veinticinco de espectáculos, los últimos quince aquí, cuando ya los clubs de mejor calaña dejaron de llamarme. Y el holandés, que le decimos así porque es rubio como el marinero de “Tatuaje” pero nació en Cercedilla, sigue sin pronunciar bien mi nombre. Todavía hoy me ha anunciado como “la espléndida Ibón Lamur”, pero ya he pasado de corregirle. Desde el primer día, todas las tardes hemos mantenido la misma conversación. Holandés, se dice “ifffffón”, con una efe como muy finita y larga, y el apellido significa el amor, y tienes que decirlo con cariño, y haciendo una u también larga, lamuuuuur, y la erre del final casi como una ge, pero sin ser una ge. Y el que sí, que lo diría así, pero vuelta a decir “Ibón”, que para colmo me enteré por un crucigrama que era una clase de mono o algo parecido. Mi Paco se divierte con eso, pero a mí maldita la gracia que me hacía, aunque ya últimamente me daba un poco igual. Con que me pague, que me llame como le dé la gana.
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Esta calle nunca me ha gustado, me aligeraré para salir de ella enseguida. Menos mal que ha dejado de llover. No se porqué, pero me da un yuyu, que como no vaya con mi Paco no la cruzo. Menos hoy, que por aquí se corta camino y quiero llegar prontito. A ver qué me dice sobre lo de haber dejado el trabajo. No creo que le importe; yo pude en mis buenos tiempos reunir algo, que tengo guardadito a nombre de los dos, claro, y con eso y la pensión de mi Paco, por lo menos para tirar tendremos. Además tengo que arreglar los papeles de cuando estuve en la panadería, que supongo que de ahí podré sacar una paguita. Y a vivir, por fin. Se acabó recoser y recolocar lentejuelas. Ahora, a viajar, que es una de las cosas con las que siempre he soñado. Bueno, viajar por aquí, cerquita, que tampoco estamos como para un crucero por el Nilo. La Mariana me dijo que su sobrina había ido a un crucero de esos cuando se casó. Que digo yo que si tienen para eso, podrían echarle un cable a su tía, que está ya vieja para taconear en un cuchitril. Claro que la Mariana siempre fue la oveja negra de la familia. Bueno, como yo.
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Qué bien, ya está ahí mi calle. Empieza a chispear de nuevo. Pero no me importa. Estoy tan feliz de pensar en mi nueva vida....Y la semana que viene, para inaugurarla, le diré a mi Paco que vayamos a algún sitio, a Port Aventura aunque sea, que en mi niñez nunca pude ir a un parque de atracciones. Cuántas malas épocas. La peor, la adolescencia. Bueno, y después también, cuando mi familia renegó de mí por dedicarme al arte y por irme a vivir con mi Paco. Mi padre murió según mi madre, por mi culpa. Mi madre, que ni siquiera quiso verme cuando se estaba muriendo. Lo que lloré en la puerta de la habitación del hospital, con mis hermanos recriminándome porque decían que estaba montando un numerito, y diciéndome que llamarían al segurata para que me echasen. La única que vino a consolarme fue mi hermana la chica, pero eso es normal. Es la más joven y la más moderna, y por apoyarme casi le retiran la palabra a ella también, pobrecita, que siempre me está pasando zapatos nuevos que no le quedan bien, y se cree que me engaña diciendo que en la zapatería no se los dejan cambiar por otros.
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No sé si entrar en el drastor ese de la esquina a ver si hay caldo de tetrabrí, que me he quedado sin el que hago yo y a Paco le sentará bien en una noche como esta. Hay que ver, lo que toda la vida ha sido un super, ahora se le dice drastor, sólo porque está limpio y abierto por la noche. En fin.
>&#13; Mierda. Cinco minutos s&#243;lo lo que he tardado en comprar y a la hora de salir de la tienda, hala, a llover. Ni que fuera la hora del colegio. <br>

Qué ganas de mudarme del barrio, aunque para eso sí que no hay pelas. Siempre me he imaginado mi vejez en una casita de una planta, con un jardincito del que ocuparme, además de mi Paco, y un gato. El gato podría tenerlo ya, pero como Paco dice que es alérgico. Yo creo en el fondo que no lo es, pero que no quiere decirme que en realidad es que no le gustan, porque es un poquito supersticioso. Yo no tendría un gato negro, sino blanco, de esos persas. Bueno, la verdad es que me da igual la raza, porque me gustan tanto. Lo de persa sólo es porque suena bien. Persa, persa, persa. Y como muy lejano y antiguo. El chá de Persia. Suena a cuento. Y lo guapa que era Soraya, que lástima. Entonces sí que había glamur, con Greis Kely, Ana María de Grecia, Yaki O…Ahora, qué va. Antes eran noticia los viajazos que se pegaban las princesas, sus puestas de largo y esas cosas como de película. Ahora lo bonito es la infanta en el centro comercial. Qué ordinariez. Para ir al centro comercial ya estamos los pobres. Y digo yo, si insisten tanto en que los reyes y los príncipes son como los demás, no sé a qué viene tanta historia cuando los niños van el primer día al cole. Lo suyo es que vayan a enseñarlos a palacio. A mi Paco le hace gracia que me cabree con estas cosas, porque además siempre he sentido más simpatía por la República. Pero si se es rey, se pone uno la corona y a lucirse poor ahí, que para eso están. Y a casarse con princesas. Mi Paco me dice que no he pasado de la edad media. Entonces yo le digo que qué más quisiera que haberme quedado antes y tener veinte años. Y ya nos reímos los dos y se me termina el cabreo.
><br> Vaya tela. Ahora el Serafín. Ojalá que no se pare, que tiene más poca conversación que un mueble. Vamos, que eso no es malo, porque tengo prisa. Lo malo es que no habla pero se te planta delante mirándote y parece que te pide con losa ojos que le cuentes algo. Pero qué le vas a contar al Serafín, si es un simple. Bueno, eso tampoco es malo, pobrecito. Lo que no sé es qué hace a estas horas, con lo maniático que es, que todos los días hace los mismos recorridos a las mismas horas. Y siguiendo sus costumbres tendría que estar ya recogidito en su casa, que no está para mucha nocturnidad.
>&#13; A lo mejor por eso lo dej&#243; Anita, por aburrido. Ella tambi&#233;n era un poco rara. Siempre con las hermanas alrededor, sin despegarse. La pobre dir&#237;a que para salir de Herodes y entrar en Pilatos, mejor se largaba. Y bien que se larg&#243;, que se fue a Berl&#237;n con el alem&#225;n que le compraba en la fruter&#237;a. Qu&#233; pena que la cerraran, porque la fruter&#237;a ten&#237;a su gracia, con tanta gente de tantos sitios, que parec&#237;a una onu en peque&#241;ita. Yo creo que esa es la grandeza de este sitio, gente de todos los pa&#237;ses por todas partes, la ropa de colorines de unos, la ropa oscura de otros&#8230; <br>

Pero a mi Paco no le gusta, no sé por qué, ni creo que él tampoco lo sepa. A veces le digo que él salió de su pueblo pero su pueblo no ha salido de él. Que si es demasiado grande, que si es demasiada gente, demasiados coches, demasiado todo. Pues habría que verte en nuevayor, le digo cuando se pone tonto. Yo no iría allí ni muerto, dice él. Una vez le dije que si tuviéramos dinero lo iba a mandar a enterrar allí, para que no se saliera con la suya. Creo que fue la única vez que mi Paco no se rió de mis gracietas, y me echó una mirada que a saber si era miedo, odio o qué sé yo. Menos mal que no lo he vuelto a ver así, porque ya yo hubiera cogido el camino. Aunque es incapaz de nada, pobrecito mío, que demasiado me aguanta.
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Vaya imbécil que soy. ¿Pues no me he equivocado de calle? Por evitar al Serafín me he desviado con la idea de retroceder, y en vez de eso sigo. Si es que ya no estoy para nada. Pero ahora volverme es un rollo. Voy a tardar lo mismo. Y además, patrás ni pa coger impulso. Creo que se dice así.
>&#13; Otro trueno. Menos mal que a m&#237; no me da miedo. A mi hermana la chica s&#237;, y las noches en que se escuchaban se ven&#237;a corriendo a mi cama, sin que se enteraran mis padres, claro, porque al d&#237;a siguiente mi padre me daba una paliza por consentirlo. <br>

Qué raro. No se ve la luz de la salita por la ventana. A lo mejor se ha ido a dormir ya, aunque me extrañaría. Dichosa escalera. Cada día huele peor, no sé por qué la gente es tan asquerosa. Esto no pasa en las casitas de unas sola planta”.
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Gira la llave y enciende la luz del pasillo al tiempo que cierra la puerta. No se oye la televisión y encuentra el resto del piso a oscuras. Enciende la salita-comedor-casi cocina. Una hoja de papel sobre la espantosa falda que cubre la mesa. Que se va, que deja Barcelona, que hacía tiempo que lo tenía decidido, pero que no se atrevía a dar el paso. Que la quería y no sabía como irse sin hacerle daño. Que ha sacado dinero de la cuenta para emprender una nueva vida pero que le ha dejado algo para que tire un par de meses.
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Se sienta ante la cómoda, es su silla de mimbre, donde se maquilla ligeramente las mañanas de domingo en que pasean (paseaban) por el Gótico. Se mira al espejo. Se quita el pelucón rojo y lo deja con desgana sobre una calva cabeza. Aparece un cráneo cubierto por medio dedo de fuerte pelo que empieza a canear. Se mira al espejo. Ve una frente arrugada, unos ojos que no lloran porque aún le queda algo de la educación recibida. Una bella nariz recta, una boca caída hacia abajo y una nuez delatora por la que la saliva pasa no sin dificultad. Un cincuentón solo, abandonado, cansado, que esa misma tarde tendrá que decirle al Holandés que lo de dejar el trabajo había sido una broma.

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